El mercado mundial del aceite de oliva parece iniciar un sendero de recuperación luego de atravesar una de las peores crisis de su historia reciente. España, responsable de más de la mitad de la producción global, logró en la campaña 2024/25 una cosecha cercana a 1,41 millones de toneladas, lo que representa un aumento del 65% frente al ciclo previo. La mejora de la oferta ya impacta en el mercado: los precios mayoristas del aceite de oliva en origen cayeron hasta un 50% desde los máximos históricos alcanzados en 2023.
La corrección llega después de dos años atravesados por una “tormenta perfecta”: sequías prolongadas en la cuenca mediterránea vinculadas al cambio climático, suba de tasas de interés a nivel global que encareció el financiamiento agrícola, y un contexto inflacionario que potenció la presión sobre los costos. El resultado fue una disparada sin precedentes en el precio del aceite de oliva, que llegó a duplicarse y en algunos mercados casi triplicarse, afectando el consumo interno y la competitividad internacional de la industria.
Para dimensionar la magnitud de la crisis, basta recordar que en países como España, Italia o Grecia —grandes productores y consumidores— el aceite de oliva pasó de ser un bien cotidiano a un producto casi suntuario. Ese shock de precios alteró la dinámica global de la categoría y obligó a repensar estrategias comerciales tanto en los países exportadores como en los importadores.
La abundante cosecha española marca un punto de inflexión. Según analistas europeos, el shock de oferta está comenzando a devolver previsibilidad al mercado, con precios en baja tanto en el segmento de aceite virgen como en el extra virgen. Aunque se espera que la volatilidad persista en el corto plazo, la perspectiva hacia la segunda mitad de 2025 es de mayor estabilidad.
Más allá del alivio coyuntural, la discusión de fondo en la industria es cómo enfrentar un escenario de clima cada vez más errático. El aceite de oliva es un cultivo altamente sensible a las variaciones de temperatura y lluvias: una sequía o una helada tardía pueden reducir drásticamente los volúmenes y disparar la volatilidad en toda la cadena de valor. Este patrón, cada vez más recurrente, obliga a pensar estrategias de diversificación y adaptación tecnológica.
En términos de política sectorial, el caso del aceite de oliva funciona como un ejemplo de cómo los commodities agrícolas “no tradicionales” también quedan atrapados en la dinámica de precios internacionales y en la agenda climática. El rebote de la producción española, aunque devuelve oxígeno a la oferta global, no resuelve la vulnerabilidad estructural del sector.
De aquí en más, el desafío será consolidar precios “responsables” que permitan sostener el consumo sin ahogar a los productores. La experiencia de estos años muestra que los picos extremos, lejos de beneficiar a la cadena, terminan erosionando la demanda y debilitando la categoría. La pregunta para el futuro es si este rebote abre la puerta a una etapa de mayor equilibrio o si el aceite de oliva seguirá siendo un termómetro de la fragilidad agrícola en tiempos de crisis climática.
Industria del aceite de oliva: entre la volatilidad climática y la recuperación de precios
¿Que esta pasando en el mundo del oliva? ¿Industria en crisis?

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